Impacto Ambiental
La frase “Ladran Sancho, luego cabalgamos” supuestamente fue tomada de Don Quijote. En realidad, sin embargo, no existe en esa obra cumbre de Cervantes. Pero es tan conocida y descriptiva, que parece hecha a la medida para lo que ahora está ocurriendo con la candidatura de López Obrador. Y aunque esta columna de los viernes la dedicamos a temas de ecología y medio ambiente, nos ocuparemos de la campaña electoral, hoy por hoy el asunto más importante para los mexicanos, ya que de sus resultados depende nada más ni nada menos que nuestro futuro.
De pronto, contra López Obrador se ha desatado una verdadera ofensiva en los círculos políticos y los medios de comunicación. Los ataques en su contra se multiplican, PRI y PAN dedican sus tiempos de radio y televisión a difamarlo, en las columnas políticas y los noticiarios televisivos y radiofónicos se le hace objeto de mofa y escarnio, el PAN retoma —aunque tratando de disfrazarlo— aquel rumor que hace seis años se echó a rodar en el sentido de que al llegar a la presidencia AMLO despojaría a la gente de sus ahorros y sus viviendas, se distorsionan o mutilan sus declaraciones y discursos para extraer de ellos frases aisladas en que parece llamar a la insurrección armada, cuando en realidad dijo todo lo contrario, se le acusa de ofender al pueblo mexicano por decir que votar por el retorno del PRI al poder sería un acto de masoquismo colectivo, y se toman y retoman una y mil veces los casos de Ahumada, Bejarano y Ponce —el ex tesorero del DF— para tachar a López Obrador de corrupto, silenciando el hecho de que los tres fueron a dar a la cárcel y Ponce lleva ya ocho años tras las rejas.
En suma, otra vez la guerra sucia en toda su magnitud, con las mismas características de hace seis años. Y resulta lógico preguntarse porqué de pronto la jauría se volvió tan escandalosa cuando hasta hace muy poco todos los que la forman y ahora participan en la campaña contra AMLO lo presentaban condescendientemente como un loquito inofensivo que soñaba con ganar las elecciones sin darse cuenta de que todas las encuestas lo situaban estancado en un oscuro tercer lugar, a una distancia tal de Peña Nieto que alcanzarlo era imposible.
Evidentemente, si los canes ladran, es porque López Obrador cabalga. Más bien podríamos decir que galopa. Su candidatura ha recibido en las últimas semanas un apoyo que los estrategas priístas y panistas no hubieran imaginado siquiera. De hecho, ya ha sido adoptado como su candidato por los jóvenes —o al menos por el sector mejor informado y preparado de la juventud—, y resultan impresionantes las multitudes que colman las plazas de los lugares que visita, incluso en el Norte y el Noroeste, zonas del país donde hace seis años no tuvo tanto apoyo, y en estados considerados bastiones priístas o panistas, como Guanajuato.
Tampoco esperaban los estrategas priístas que, tras la costosísima, larga y minuciosa campaña publicitaria usada para “posicionar” a Peña Nieto como seguro vencedor, surgiría un vigoroso movimiento de rechazo a su candidatura. En parte ese repudio es una reacción ante los excesos de la campaña de mercadotecnia del galán del copete. Pero esencialmente, el movimiento antiPeña parece haber sido detonado porque la gente se percató de que su triunfo significaría el retorno a épocas que nadie quisiera volver a vivir: las matanzas de Tlatelolco y el Jueves de Corpus, las cárceles llenas de presos políticos, los movimientos obreros reprimidos brutalmente, el control total de los medios de comunicación, los asesinatos de dirigentes campesinos, la corrupción de los líderes estudiantiles, las tropelías de las corporaciones policíacas y otras lindezas tricolores por el estilo.
Después de todo, los mexicanos no somos tan desmemoriados ni sumisos como creían los jerarcas políticos.
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